jueves, noviembre 23, 2006



Hablemos de nuestro idioma, que es tanto como hablar del malestar que sentimos al contemplat el maltrato al que lo sometemos de contínuo.
No es cierto que seamos una sociedad en crecimiento y en plenitud de bienestar. El bienestar social no se mide tan sólo por los buenos autos que manejamos ni por la "pasta" que poseemos (y no todos: sólo los más avispados, los listillos...)
Esta es una sociedad estancada, como mínimo, sino retrógada directamente. Y esto se palpa en el ambiente general de la calle: unos medios de comunicación (espacialmente los televisivos) paupérrimos, con un mensaje global deplorable, una Enseñanza primaria y secundaria -la básica- permanentemente secuestrada por algo parecido a lo "políticamente correcto" (?), una juventud -sin ánimos de particularizar- extraviada y sin escala de valores...
Y el idioma. Lo del idioma es sangrante y representativo de todo lo demás:
Vivimos en el pais de los chascarrillos y el interés por nuestro idioma brilla por su ausencia. Su cuidado, simplemente, ni se cuestiona.
No hablo de ciertos localismos, que pueden resultar hasta simpáticos y que, al menos, sirven para que los más allegados entre sí se entiendan sin tener que dar demasiados rodeos.
Hablo de otras plagas más generalizadas. Lo de los "bengadores", por ejemplo. Lo escribo así, con b, para que no haya dudas. Estos constituyen una especie que usa el imperativo VENGA con las acepciones más dispares y sorprendentes. Sobre todo en las despedidas y en las conversaciones telefónicas: se usa para despedirse, para mostrar acuerdo, para cerrar tratos, para concertar una cita, para afirmar--- Los bengadores. Son abundantísimos y, amparados en la masa, inasequibles al desaliento.
Nunca, por dispar, podremos adivinar su procedencia -la de estas plagas idiomáticas- Quién es el líder mediático que la emite y pone en circulación con la desfachatez de quien se considera en poder de todas las decisiones.
Vino luego el "de que...". Y ocurrió algo parecido: todo el mundo lo usa para todo. Y es un virus tan fatal que hasta llegas a dudar: si todo el mundo lo usa al contrario de como uno lo hace, a lo mejor es que puede ser uno el equivocado.
Y ésto me lleva a la función de la Academia: adopta una expresión cuando la calle, el uso cotidiano, la hace suya y la maneja un tiempo determinado. No se plantea su adecuación a la norma o su conveniencia según la evolución natural del uso de la lengua. Simplemente: el pueblo lo usa y el pueblo es soberano (otra vez "lo políticamente correcto"). Hemos pasado, en una zambullida, de lo que desgraciadamente fuimos a ser los neo-inventores de la democracia más químicamente pura. Somos unos fenómenos.
En los últimos tiempos nos ha llegado la moda de "lo que es..."
Y escuchas a una vecina decirle a otra: "Ya he visto lo que es la obra nueva de la calle...", "tú tienes que hacerte lo que es un buen peinado..." "estuvimos en la Capital y vimos lo que es el nuevo Estadio de Fútbol..."
¿...? ¿A qué viene tanta finura? ¿De dónde ha salido ese "lo que es..."? ¿Asi es como hablan las estrellas de esas infumables series de televisión y por éso son tan pegajosas? No lo entiendo...
Por no hablar de "los ciudadanos y las ciudadanas", "los compañeros y las compañeras", "los estudianrtes y las estudiantas", "los jueces y las juezas"," los pilotos y las pilotas".
En este caso tienen mucha culpa los comunicadores del ámbito político. Los políticos son esos seres que tienen como norma fundamental la de ser -ahora sí- "políticamente correctos". Y se pasan de frenada, se hartan de balón, como diría un comentarista radiofónico.
Hay normas establecidas. Las normas gramaticales -aunque parezca excesivo decirlo- también son democráticamente implantadas y son aceptadas por los que usamos el idioma. Es sólo un código inteligible, una convención acordada para entendernos y no disperssarnos en vaguedades. No son machistas ni feministas. Son una herramieta de uso. Asequible y fácilmente manejable para que todos sepamos que lo que uno está diciendo es lo que otro, sin ninguna duda, está entendiendo. Todos los flecos son supérfluos. Y los chascarrillos y los inventos pseudo-intelectuales y las modas de personajillos banales.
Terminemos con una última alusión a la Academis: se acaba de aprobar, aceptar y publicar el Diccionario Esencial -creo que es así como la han llamado- ¿Qué nos apostamos que su contenido implica todo menos lo verdaderamente fundamental....?

@robles
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