Hace ya mucho tiempo que vivo con esa sensación pero nunca me había detenido a considerarlo seriamente.
Veo mi vida como la posesión de un traje de gala -sólo uno- que tengo que ir remendando contínuamente porque sé que si me faltara, por algún motivo, no tendría otro para ponerme ni posibilidad material para sustituirlo a corto plazo.
Cada noche, al momento de irme a la cama, le echo una ojeada: para mañana deberé reparar ese pequeño rasgón en el puño de la manga izquierda. También hay una mancha en la solapa, a la altura del "pin" del Atleti, pero pasa inadvertida si no te fijas bien... Ahora lo más urgente es lo de la manga -a veces un par de puntitos no cuidados a tiempo pueden derivar en un desgarrón de mayor cuantía-, luego ya nos ocuparemos de la limpieza.
Mi traje tiene una curiosa particularidad: cambia de corte, y creo que también de textura, con mis estados de ánimo y hasta con las estaciones del año.
Será por éso que los demás nunca advierten que sólo tengo uno y creen que mi vestuario es suficiente y variado, lo cual me dispensa de dar explicaciones que no sabría cómo hilvanar. No sé si me explico...
Una vez a la semana -para lo que aprovecho, por lo general, los domingos- le doy un lavado integral a mano y con sumo cuidado y ese día, esperando pacientemente a que se seque, no me muevo de casa. Desaparezco de la vida -en el sentido más bucólico y exacto de mi expresión- y luego, por la noche, antes de dormir, lo plancho con todo esmero y lo repaso puntualmente dejándolo listo para, el lunes, reiniciar la marcha.
Otra de las peculiaridades de mi traje -posiblemente la que más me envanece y me gusta- es que, al igual que con mis estados de ánimo, tambien se va amoldando al paso del tiempo. Con lo cual, aunque luce bien con los cuidados que le dispenso, no deja de reflejar una serie indeleble -e indudable- de cicatrices que atestiguan su autenticidad y su veteranía.
Mis asíduos -amigos, conocidos, cofrades... - se muestran en esta parcela casi espléndidamente displicentes y obvian los comentarios de la misma manera que simulan no ver que mi traje, de aspecto cambiante, es siempre el mismo traje. Como mucho se asoman a comentar mi loable esfuerzo por su buena conservación y pasan de puntillas por el devenir del tiempo. Ese tiempo que, dicho sea de paso, examina cada día al más pintado.
A veces pienso en el día -que habrá de llegar- en que ya no soporte más agresiones de nuevas generaciones de detergentes y suavizantes.
Pero no me causa mayor preocupación: me gustaría, éso sí, hacerle una buena despedida.
Quizás, no sé, reunir a todos mis verdaderos amigos y coger una "buena", de esas que en nuestra juventud nos sentaban tan bien porque nos aproximaban de manera definitiva.
Y luego, al final de la fiesta, quemar en la puerta de la iglesia del pueblo mi ya obsoleto traje cantando, a la par, aquellos villancicos tradicionales remodelados con las letras obscenas de nuestros veinte años.
--En este caso, antes de la hoguera, podria regalar los botones de la chaqueta y también el "pin" del club y hasta la corbata de seda china a cualquiera que pudiera necesitarlos para un buen fin--
Y terminar mezclando las cenizas con lo poco que hubiera podido sobrar del Jack Daniel's y, con la pasta resultante, hacer una gran pintada en la fachada -junto al mural de los Caídos por Dios y por la Patria- que, a poder ser, dijera: ¡¡BIBAN LAS CAENASsssss...!!.
Veo mi vida como la posesión de un traje de gala -sólo uno- que tengo que ir remendando contínuamente porque sé que si me faltara, por algún motivo, no tendría otro para ponerme ni posibilidad material para sustituirlo a corto plazo.
Cada noche, al momento de irme a la cama, le echo una ojeada: para mañana deberé reparar ese pequeño rasgón en el puño de la manga izquierda. También hay una mancha en la solapa, a la altura del "pin" del Atleti, pero pasa inadvertida si no te fijas bien... Ahora lo más urgente es lo de la manga -a veces un par de puntitos no cuidados a tiempo pueden derivar en un desgarrón de mayor cuantía-, luego ya nos ocuparemos de la limpieza.
Mi traje tiene una curiosa particularidad: cambia de corte, y creo que también de textura, con mis estados de ánimo y hasta con las estaciones del año.
Será por éso que los demás nunca advierten que sólo tengo uno y creen que mi vestuario es suficiente y variado, lo cual me dispensa de dar explicaciones que no sabría cómo hilvanar. No sé si me explico...
Una vez a la semana -para lo que aprovecho, por lo general, los domingos- le doy un lavado integral a mano y con sumo cuidado y ese día, esperando pacientemente a que se seque, no me muevo de casa. Desaparezco de la vida -en el sentido más bucólico y exacto de mi expresión- y luego, por la noche, antes de dormir, lo plancho con todo esmero y lo repaso puntualmente dejándolo listo para, el lunes, reiniciar la marcha.
Otra de las peculiaridades de mi traje -posiblemente la que más me envanece y me gusta- es que, al igual que con mis estados de ánimo, tambien se va amoldando al paso del tiempo. Con lo cual, aunque luce bien con los cuidados que le dispenso, no deja de reflejar una serie indeleble -e indudable- de cicatrices que atestiguan su autenticidad y su veteranía.
Mis asíduos -amigos, conocidos, cofrades... - se muestran en esta parcela casi espléndidamente displicentes y obvian los comentarios de la misma manera que simulan no ver que mi traje, de aspecto cambiante, es siempre el mismo traje. Como mucho se asoman a comentar mi loable esfuerzo por su buena conservación y pasan de puntillas por el devenir del tiempo. Ese tiempo que, dicho sea de paso, examina cada día al más pintado.
A veces pienso en el día -que habrá de llegar- en que ya no soporte más agresiones de nuevas generaciones de detergentes y suavizantes.
Pero no me causa mayor preocupación: me gustaría, éso sí, hacerle una buena despedida.
Quizás, no sé, reunir a todos mis verdaderos amigos y coger una "buena", de esas que en nuestra juventud nos sentaban tan bien porque nos aproximaban de manera definitiva.
Y luego, al final de la fiesta, quemar en la puerta de la iglesia del pueblo mi ya obsoleto traje cantando, a la par, aquellos villancicos tradicionales remodelados con las letras obscenas de nuestros veinte años.
--En este caso, antes de la hoguera, podria regalar los botones de la chaqueta y también el "pin" del club y hasta la corbata de seda china a cualquiera que pudiera necesitarlos para un buen fin--
Y terminar mezclando las cenizas con lo poco que hubiera podido sobrar del Jack Daniel's y, con la pasta resultante, hacer una gran pintada en la fachada -junto al mural de los Caídos por Dios y por la Patria- que, a poder ser, dijera: ¡¡BIBAN LAS CAENASsssss...!!.



1 Comments:
Me ha encantado esta entrada. Saludos.Paula
Publicar un comentario
<< Home