
viernes, noviembre 28, 2008

jueves, noviembre 27, 2008
Veo mi vida como la posesión de un traje de gala -sólo uno- que tengo que ir remendando contínuamente porque sé que si me faltara, por algún motivo, no tendría otro para ponerme ni posibilidad material para sustituirlo a corto plazo.
Cada noche, al momento de irme a la cama, le echo una ojeada: para mañana deberé reparar ese pequeño rasgón en el puño de la manga izquierda. También hay una mancha en la solapa, a la altura del "pin" del Atleti, pero pasa inadvertida si no te fijas bien... Ahora lo más urgente es lo de la manga -a veces un par de puntitos no cuidados a tiempo pueden derivar en un desgarrón de mayor cuantía-, luego ya nos ocuparemos de la limpieza.
Mi traje tiene una curiosa particularidad: cambia de corte, y creo que también de textura, con mis estados de ánimo y hasta con las estaciones del año.
Será por éso que los demás nunca advierten que sólo tengo uno y creen que mi vestuario es suficiente y variado, lo cual me dispensa de dar explicaciones que no sabría cómo hilvanar. No sé si me explico...
Una vez a la semana -para lo que aprovecho, por lo general, los domingos- le doy un lavado integral a mano y con sumo cuidado y ese día, esperando pacientemente a que se seque, no me muevo de casa. Desaparezco de la vida -en el sentido más bucólico y exacto de mi expresión- y luego, por la noche, antes de dormir, lo plancho con todo esmero y lo repaso puntualmente dejándolo listo para, el lunes, reiniciar la marcha.
Otra de las peculiaridades de mi traje -posiblemente la que más me envanece y me gusta- es que, al igual que con mis estados de ánimo, tambien se va amoldando al paso del tiempo. Con lo cual, aunque luce bien con los cuidados que le dispenso, no deja de reflejar una serie indeleble -e indudable- de cicatrices que atestiguan su autenticidad y su veteranía.
Mis asíduos -amigos, conocidos, cofrades... - se muestran en esta parcela casi espléndidamente displicentes y obvian los comentarios de la misma manera que simulan no ver que mi traje, de aspecto cambiante, es siempre el mismo traje. Como mucho se asoman a comentar mi loable esfuerzo por su buena conservación y pasan de puntillas por el devenir del tiempo. Ese tiempo que, dicho sea de paso, examina cada día al más pintado.
A veces pienso en el día -que habrá de llegar- en que ya no soporte más agresiones de nuevas generaciones de detergentes y suavizantes.
Pero no me causa mayor preocupación: me gustaría, éso sí, hacerle una buena despedida.
Quizás, no sé, reunir a todos mis verdaderos amigos y coger una "buena", de esas que en nuestra juventud nos sentaban tan bien porque nos aproximaban de manera definitiva.
Y luego, al final de la fiesta, quemar en la puerta de la iglesia del pueblo mi ya obsoleto traje cantando, a la par, aquellos villancicos tradicionales remodelados con las letras obscenas de nuestros veinte años.
--En este caso, antes de la hoguera, podria regalar los botones de la chaqueta y también el "pin" del club y hasta la corbata de seda china a cualquiera que pudiera necesitarlos para un buen fin--
Y terminar mezclando las cenizas con lo poco que hubiera podido sobrar del Jack Daniel's y, con la pasta resultante, hacer una gran pintada en la fachada -junto al mural de los Caídos por Dios y por la Patria- que, a poder ser, dijera: ¡¡BIBAN LAS CAENASsssss...!!.
sábado, noviembre 01, 2008
Ecos de sociedad.-
Hay un libro de Antonio Cavanillas de Blas "El médico de Flandes" editado en Plaza y Janes (1ª Edic. junio 2000). Es una biografía novelada de Andres Vesalio, médico del Emperador Carlos hasta la muerte de éste en 1558 (21-sept) y luego cirujano de Felipe II desde julio de 1579.
De dicho libro sacamos la siguiente escena:
"Dialogando de temas familiares se ha pasado casi toda la mañana. Hemos llenado completamente de peces la gran cesta. El Sol luce impecable, muy alto, sobre nuestras cabezas y hace calor. El día incita al baño, que tomamos desnudos en un remanso del río, de agua muy limpia y clara. Algunos campesinos, hombres y mujeres, han terminado la faena en los campos vecinos y hacen lo propio en la orilla opuesta tal como vinieron al mundo, en medio de atronadora algarabía. Los varones, todos recios, con la piel de brazos y antebrazos muy atezados por el aire y el sol en contraste con lo rubio de sus cabelleras, se lanzan a la corriente en tropel, zarandeándose violentamente al tiempo. Una muchacha joven -no tendrá arriba de dieciocho años- , robusta, con fuertes piernas y poderosos muslos, luce unos enormes y firmes senos que oscilan insolentes y provocativos en el momento de saltar al agua totalmente desnuda, mientras con ambas manos intenta -sin conseguirlo- tapar su grande, negro y sugestivo sexo. Las risotadas del grupo retumban ensordecedoras y sus ecos se pierden río abajo. Recogemos. Tras secarnos al sol y vestirnos, regresamos pensando en el pescado que haremos a la brasa y en la cerveza, puesta desde muy temprano a refrescar en el fondo del pozo... "
Como no tengo espíritu didáctico alguno -ni pretendo tenerlo- dejo al libre albedrío de a quien le apetezca imaginar la misma escena en cualquiera de nuestros cálidos ríos y afluentes hispanos en, por ejemplo, el año 1968, "sólo" cinco siglos después de la escena descrita.
A continuación piénsese, si apetece, en el secular atavismo de nuestras costumbres y nuestra "moral" hispánicas, pastoreadas por la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana y ejecutadas por los secuaces de la Santa Inquisición. Amen.
domingo, agosto 31, 2008

domingo, diciembre 30, 2007
miércoles, octubre 03, 2007
jueves, mayo 31, 2007
En la página de OPINIÓN del diario EL PAIS de 30 de mayo publica el artículo "Estrellas literarias y clérigos", que comienza de la siguiente manera:
"Definir el papel público del intelectual a comienzos del siglo XXI significa reconocer su gloria por todas partes celebrada. Quiere decir también preguntarse por su ostensible ausencia pública. Incesantemente se aplauden, se exhiben y se premian intelectuales. En muy pocos lugares se oye, sin embargo, su voz frente a las guerras y al empobrecimiento masivo de la población mundial, frente a la destrucción ecológica global o al escenario mediático de la masx electrónica; frente al vacío de nuestro tiempo histórico.
La paradoja de un intelectual elevado a los cielos del espectáculo cultural por los mismos medios que lo enmudecen frente a los grandes dilemas universales de nuestro tiempo se desprende directamente de los constituyentes de la aldea global, de las industrias culturales y de la organización corporativa de la educación y el conocimiento."...
Pues éso: " menos samba e mais... "


